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Publicado: 31/07/2018
Opinión: El flautista de Hamelin, por Jorge Alva
Hoy se sabe que la corrupción en el país es endémica, está organizada y obedece a intereses personales, de grupos y cofradías amicales; dice Jorge Alva.
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Foto: Andina.

Los hermanos Grimm fueron dos hermanos escritores alemanes celebres por sus cuentos para niños. El flautista de Hamelin es uno de esos cuentos, y en el relatan cómo la ciudad de Hamelin estaba infestada de ratas que llegaron a causar zozobra en la población, la que indignada recurrió al alcalde del pueblo para de inmediato terminara con esa plaga.


Un día en medio de tanta desesperación se apareció un joven con una flauta que le colgaba del cuello y les propuso resolverles sus problemas; toco unas melodías con la flauta y todas las ratas les siguieron hasta morir en el río.


Algo semejante está sucediendo a lo largo y ancho de nuestro país, pero a diferencia de que lo narrado como preámbulo en este artículo periodístico es simplemente un cuento fruto de la fantasía imaginativa de quienes lo escribieron, lo que está sucediendo en las principales esferas de poder e instituciones de nuestra sociedad es una realidad “vivita y coleando” solo que la infesta que corroe y causa zozobra e indignación en la población peruana no son roedores de orejas erectas y rabo largo, sino que son hombres de cuello y corbata; y, lo que es peor, autoridades investidas de un legítimo poder delegado por el pueblo.


Lo lamentable del caso es que la existencia y el accionar de estos personajes investidos de poder están infiltrados en todas las instituciones del Estado desde donde sin el menor recato, escrúpulos, vergüenza, cinismo o suspicacia abominable trafican con el dolor del pueblo y el dinero del Estado de una forma descarada y repugnante.


Hoy se sabe que la corrupción en el país es endémica, está organizada y obedece a intereses personales, de grupos y cofradías amicales.


“No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista” reza un refrán popular y en efecto lo que se percibía como una sospecha, terminó, por rasgar las vestiduras de algunos órganos del Estado y evidenciar la corrupción.